miércoles, 29 de junio de 2011

El Vasco y Bijou (Anais Nin)


Era una noche lluviosa; las calles, como espejos, lo reflejaban todo. El vasco tenía treinta francos en el bolsillo y se sentía rico. La gente le decía que a su ingenua y cruda manera era un gran pintor; no se daba cuenta de que copiaba de tarjetas postales. Le habían dado treinta francos por su último cuadro; se sentía eufórico y deseaba celebrarlo. Buscaba una de esas luces rojas que significan placer. Abrió la puerta una mujer de aspecto maternal y casi de inmediato dirigió su mirada a los zapatos del hombre, pues juzgaba a partir de ellos cuánto podría permitirse pagar por su placer. Luego, para su propia satisfacción, sus ojos se detuvieron un momento en los botones del pantalón. Las caras no le interesaban; durante toda su vida había tratado exclusivamente con esa región de la anatomía masculina. Sus grandes ojos, aún brillantes, miraban de una forma especialmente penetrante hacia el interior de los pantalones, como si pudieran calibrar el tamaño y peso de las posesiones del hombre. Era una mirada profesional. Le gustaba emparejar a la gente con más perspicacia que otras dueñas de prostíbulo. Sugiriendo combinaciones tenía más experiencias que una vendedora de guantes. Incluso a través de los pantalones, podía medir al cliente y suministrarle el guante perfecto, el que le ajustara a la perfección. El placer no existía si el guante era demasiado ancho, ni tampoco si era demasiado estrecho. Maman pensó que la gente ya no se daba cuenta de la necesidad de un perfecto ajuste. Le hubiera gustado divulgar sus conocimientos, pero tanto los hombres como las mujeres eran cada vez menos cuidadosos, se preocupaban menos que ella por la exactitud. Si un hombre de ahora se encuentra bailando en un guante demasiado ancho, moviéndose en él como por un piso vacío, se las arregla como mejor puede.

Continuará...

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